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Reflexiones en torno a la formación universitaria en traducción técnica

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 25/06/2008

DocenciaTras un año como Licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada y con el mismo tiempo de experiencia profesional (dividida en los perfiles de traductor inglés-español, ingeniero de localización y programador), me gustaría compartir con vosotros lo que pienso de la formación universitaria en traducción técnica desde el punto de vista de la realidad profesional. Obviamente, los ejemplos son de la formación que recibí en la Universidad de Granada, por lo que en otras universidades la situación podría ser distinta.

En primer lugar, la formación recibida no es mala, pero tampoco la mejor. Ya lo decía en 2002 Ricardo Muñoz, mi profesor de traducción científica y técnica. No obstante, y aunque me duela, después de un año discrepo en algunas cosas de su forma de enseñar (por supuesto, es simplemente una opinión mía no puesta en práctica; tengo mucho que agradecerle).

Por ejemplo, una de las metas propuestas era traducir a 500 palabras por hora, lo cual es perfectamente factible porque mis compañeros y yo finalmente lo logramos. Pedagógicamente hablando, me parece perfecto que haya un mínimo de palabras traducidas por hora para deshacerse de malos hábitos y poner más atención a las cosas realmente importantes (porque tirarse dos horas debatiendo con los compañeros qué frase queda mejor para un texto de 250 palabras, pues como que no). Sin embargo, a mi modo de ver, este planteamiento presenta dos problemas:

  • Se presupone que cualquier texto, sea especializado o no, va a tener una dificultad similar, cuando esto no es cierto. Así pues, no es lo mismo traducir una web de una empresa de servicios de exportación de carácter general que un manual de un dispositivo médico complejo. No creo que un manual técnico con abundante terminología especializada se traduzca bien traduciendo a 500 palabras por hora. En efecto, es posible hacerlo a esa velocidad, pero la calidad de la traducción podría verse resentida si encima no somos especialistas (cosa que, con 22 años, seguro que es así).
  • Puede crearte un hábito de traducir rápido y preocuparte más por las palabras traducidas que por la calidad. Parece una tontería, pero tras un año así tuve muchos batacazos precisamente por estar controlando el número de palabras traducidas más que la calidad (por ejemplo, traducía segmentos y no los volvía a leer hasta que hacía la revisión final). Si cobras una miseria lo entiendo, pero si te pagan bien puedes olvidarte de esto.

Otra historia es que en un texto de 20.000 palabras acabes traduciendo de media 500 palabras por hora (o incluso más) de forma global. Es decir, al principio tienes que buscar muchos términos y documentarte bastante y vas muy lento, pero según vas avanzando encuentras la misma terminología y sabes más del tema que traduces, lo que te ayuda a traducir más rápido y con mejor calidad. ¿O acaso no creéis que traduciríais mucho más rápido y con más conocimiento de causa un texto sobre informática que uno jurídico si vuestra especialidad son los ordenadores?

En otro orden de cosas, y esto es algo ya más delicado, creo que se debería tratar con bastante profundidad la traducción de manuales de instrucciones. En mi experiencia profesional, casi toda la traducción técnica que se hace tiene que ver con manuales. Por supuesto que hay que tratar otros tipos de textos como artículos científicos (si bien lo normal es que la traducción sea del español al inglés y no al revés en este caso) o páginas web de contenido técnico, pero en mi opinión lo más importante es conocer la fraseología típica de los manuales e incidir en la precisión de las oraciones y términos para no andarse con rodeos. Del mismo modo, es importante conocer los recursos y estrategias más importantes que tiene el traductor para documentarse. Para resumir: hacer una mejor selección de textos.

La traducción de manuales técnicos está muy relacionada con el siguiente y último aspecto que me gustaría señalar: el uso de las memorias de traducción. Nos guste o no, hoy día es impensable traducir profesionalmente sin usar un programa de traducción asistida como SDL Trados o SDLX, más que nada porque en la mayoría de los casos el cliente va a saber que hay frases que se repiten o son similares y que, por tanto, no las va a pagar igual. Y en caso de que no sepa lo que es una memoria de traducción, al traductor le vendrá muy bien reutilizar su trabajo.

Os lo digo muy sinceramente: el mundo profesional de la traducción técnica me ha decepcionado mucho con respecto a la idea que tenía en un principio. Recuerdo cuando intentaba absorber todo lo que podía de mis profesores y de artículos de profesionales como Xosé Castro y cimentaba mis ideales como futuro traductor. Pero eso ya forma parte del pasado. Las memorias de traducción han llegado para quedarse por siempre jamás entre nosotros, por lo que esa visión del traductor que piensa en todo momento en el lector final y tiene libertad de suprimir frases por ser innecesarias se ha esfumado, tristemente, de mi cerebro.

Os cito una idea que me gustó muchísimo en su momento de Xosé Castro en su artículo El ciberespanglish, el español comercial y el español neutro en la Red:

Hace tiempo, un cliente me pidió que tradujera el manual de instrucciones (eso que ahora se llama guía del usuario) de un cd-rom de juegos que empezaba más o menos así:

  1. Make sure you have a cd-rom drive.
  2. Open the cd-rom drive.
  3. Insert the Xyz cd-rom in the cd-rom drive.
  4. The Setup program will start automatically.
  5. Follow the instructions on the screen.

Y yo lo traduje de este modo:

  1. Introduzca el disco de Xyz en la unidad.
  2. Siga las instrucciones que aparecerán en la pantalla.

En el contexto sociocultural de los Estados Unidos, se redactan así los textos para evitar que el usuario cometa un error y demande a la empresa por una incorrecta redacción de sus instrucciones, pero yo dudo que un lector hispanohablante meta el disco del juego en otro sitio que no sea la unidad de cd-rom. Mi cliente se echó las manos a la cabeza cuando vio mi osadía supresora, pero se calmó bastante cuando vio —sin que mediara previo acuerdo entre nosotros— que el traductor francés había hecho lo mismo en su versión.

Sin embargo, con las memorias de traducción no tenemos potestad para hacer este cambio porque no podemos alterar el original (bueno, si es un documento de Word es más fácil). Así pues, se acabó el pensar si una frase es necesaria o no según la cultura. Somos traductores, no redactores.

Por tanto, creo que el uso de herramientas de traducción asistida no debería estar relegado a una asignatura de informática en tercer año de carrera, sino que estos útiles deberían integrarse en el aula de traducción. Solo así el futuro traductor estará más cerca de lo que le va a exigir el mercado. Comprendo que haya problemas para adquirir licencias legales, pero bueno, es cuestión de negociarlo. Además, en el caso de la Universidad de Granada, los ordenadores de la Facultad de Traducción e Interpretación cuentan con licencias para Trados (la versión 5.5 que es algo antigua, pero menos da una piedra), así que no es excusa. Y si no se pueden usar licencias porque los alumnos deben traducir en casa, siempre quedará recurrir a herramientas de software libre como OmegaT.

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ConvertWorld, aplicación web para convertir unidades

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 23/01/2008

Vía Genbeta me entero de una aplicación web llamada ConvertWorld que se vuelve indispensable para traductores que convivan con la conversión de unidades (a pesar de que ya he hablado de que no siempre hay que convertir medidas). Una buena alternativa a conversores como Converber, WWW unit converter o XE, ya que lo reúne todo en una única página: el cambio horario es absolutamente genial.

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Trabajos sobre documentación especializada

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 21/01/2008

Ya comenté hace poco que blogoff ponía a disposición de todos un artículo sobre las distintas maneras de acceder a la información especializada en Internet. En este sentido, hay algunas facultades de Traducción e Interpretación, como la Granada, que imparten asignaturas optativas sobre documentación jurídica, económica y comercial, así como de documentación científica y técnica. Aunque en el caso de la traducción jurídica encontramos abundante información en español en bases de datos como Aranzadi, lo cierto es que los recursos sobre temas científicos y técnicos como ScienceDirect pecan de estar, en su mayoría, en inglés. Además, lo malo de estas bases de datos es que son de pago y normalmente se accede a ellas desde las propias universidades debido al alto coste de suscripción.

Como complemento a la formación de los estudiantes de Traducción e Interpretación u otros interesados, he decidido publicar varios trabajos y notas que tomé durante el transcurso de las asignaturas Documentación Jurídica, Económica y Comercial y Documentación Científica y Técnica en la facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada. Espero que se haga un buen uso de dichos documentos y que os resulten interesantes.

Descarga: Apuntes de la asignatura Documentación Jurídica, Económica y Comercial

Descarga: Análisis de bases de datos sobre economía

Descarga: Presentación sobre Internet Invisible

Descarga: Fuentes de información en Internet

Descarga: Búsquedas sobre la cistoscopia como tratamiento del cáncer de vejiga

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LaTeX para traductores

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 15/12/2007

latexSi tras leer el título piensas que este artículo trata sobre medidas de protección para traductores, entonces hoy aprenderás algo nuevo. Si ya sabes a qué hace referencia LaTeX, bienvenido a una clase de repaso.

LaTeX es un lenguaje de marcas como HTML y XML que sirve para componer documentos olvidando la parte visual de forma que uno se pueda centrar exclusivamente en el contenido. Por tanto, la idea de LaTeX es parecida a la combinación de HTML y CSS para programar páginas web: por un lado escribimos el contenido y por otro el aspecto que tendrá. Esto no quiere decir que los documentos generados con LaTeX no cuenten con una buena estructura o no sean atractivos visualmente, sino todo lo contrario: partiendo de unos estilos y marcas predefinidos, es posible crear textos con un aspecto realmente profesional con muy poco esfuerzo.

Quizás la gran ventaja de LaTeX se encuentra en que resulta idóneo para escribir fórmulas matemáticas que con otros procesadores de textos como Word y OpenOffice.org llevaría más tiempo, si bien reconozco que lo poco que he probado el editor de fórmulas de Word 2007 me ha gustado mucho por lo intuitivo que es. De hecho, combinado con la gran calidad del resultado obtenido, esta es la razón por la que muchos documentos académicos relacionados con la ciencia y la tecnología se escriben con LaTeX. Es más, si trabajas con LaTeX es fácil deducir qué libros se han escrito usando LaTeX por el tipo de fuente utilizada.

Aprender a trabajar con LaTeX no es difícil pero tampoco sencillo, y lo cierto es que sabiendo utilizar las opciones de estilos y formato de Word reconozco que no considero necesario usar LaTeX por las limitaciones que supone cuando queremos hacer algo que se sale de lo normal, si bien es cierto que hay mucha ayuda sobre LaTeX en Internet. Como documentos de introducción recomiendo leer LaTeX para las Humanidades, una épica historia genialmente escrita sobre el guerrero Tux y sus arduas pruebas para complacer a los dioses del Olimpo con el uso de LaTeX, así como la guía rápida ¿Alergia al LATEX? y los recursos de CervanTeX.

La gran desventaja de LaTeX es que para ver el resultado final tenemos que hacer una conversión a PostScript o PDF y ver el documento generado. Para ello disponemos de varios editores y compiladores, de entre los que destaco MiKTeX por su potencia. Sin embargo, desde hace unos años está disponible un editor visual de LaTeX llamado LyX, una auténtica maravilla que nos facilita enormemente la labor de crear documentos de forma visual para exportarlos a varios formatos aparte de PostScript y PDF. Aunque he trasteado poco con él, pero lo poco que lo he usado me ha encantado, sobre todo porque hacer tablas con LaTeX es sumamente endemoniado sin ver el resultado.

¿Qué tiene que ver LaTeX con la traducción? Pues que, aunque no es muy frecuente, puede darse el caso de que un científico nos encargue una traducción de su artículo y nos envíe el documento en LaTeX tal y como comentan en la empresa de traducción Matiz Servicios Lingüísticos. Por tanto, disponer de conocimientos sobre LaTeX es un plus para nosotros. Por supuesto, también es posible escribir libros enteros en LaTeX no relacionados con la ciencia, como ya hice con mi manual de traducción de videojuegos.

Para acabar, diré que una vez para clase me inventé un encargo de traducción en el que tenía que traducir un artículo sobre un sistema de conversión de texto a voz del experto en traducción automática Harold Somers. Además de que la Revista Procesamiento del Lenguaje Natural donde supuestamente se iba a publicar exigía LaTeX como formato final, el artículo presenta la dificultad de que cuenta con caracteres fonéticos algo difíciles de encontrar en Word. El resultado lo podéis encontrar a continuación junto con el código en LaTeX.

Diseño experimental de un sistema de conversión de texto a voz para lenguas menores (PDF)

Código en LaTeX (PDF)

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Cuando una imagen vale más que mil palabras

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 04/12/2007

ImagenVía Naked Translations, que a su vez toma de referencia a Transblagw y Language Hat, me entero de que Merriam-Webster, empresa estadounidense de gran popularidad sobre todo por sus diccionarios, ha lanzado su Visual Dictionary Online, al cual se puede acceder libremente. Además, también he conocido la existencia de otros diccionarios visuales muy completos disponibles en inglés y francés. Por si fuera poco, gracias a Babel 2.0 he descubierto el ultrarrápido diccionario inglés monolingüe Definr.

Si bien es cierto que algunas veces al traducir textos técnicos lo que queremos es buscar el término equivalente del idioma de origen en la lengua de destino, otras veces necesitamos comprender el significado de los términos para poder describir las piezas de una máquina de forma inequívoca. Para el primer caso, utilizaremos recursos como diccionarios especializados o bien técnicas de documentación como teclear en Google “<término> proz”, “<término> glosario”, “<término> english spanish”, etc. (todas ellas sin comillas y reemplazando <término> por el término que se quiere buscar). Para el segundo caso, lo normal es buscar el término en cuestión en la sección de búsqueda de imágenes de Google. Puestos a hacer una recomendación, es más probable que encontremos antes una buena imagen en Google que en un diccionario visual si es algo muy especializado; de lo contrario, no estaría de más probar con algún diccionario visual.

Está claro que una imagen vale mil palabras, por lo que por muy raro que nos resulte un término, quizás viendo una imagen descriptiva demos con la solución de que un end cap en un contexto de tornillos y sujeciones podría ser simplemente un capuchón. Un término especializado no siempre es un término como tal, sino un nombre descriptivo que un técnico ha usado para referirse a una pieza. Por ejemplo, un L-pin no es más que un pasador en forma de L, y un V-engine es simplemente un motor en V. ¿Que no aparece mucho en Google? Eso no significa que el operario no vaya a entender a qué se hace referencia.

Afortunadamente, los manuales técnicos suelen incluir ilustraciones o diagramas de montaje en el que se pueden ver las piezas. Por ello, si el texto es muy técnico y abundan las imágenes, puede resultar muy útil imprimir el manual para no perder tiempo buscando en el documento electrónico. Yo mismo estoy en contra de imprimir cosas innecesarias, pero el tiempo me ha enseñado que esta es una buena práctica para no perder demasiado la concentración si el documento que debemos traducir es extenso.

Lo mejor de todo esto es que muchas veces nos empeñamos en conocer el equivalente de un término de la lengua de origen en la de destino, y si bien a veces se trata de una mera descripción como hemos visto, lo más seguro es que el técnico se refiera a un aparato o pieza simplemente como el cacharro ese.

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Convertir o no convertir unidades, he ahí la cuestión

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 14/11/2007

CalculadoraUno de los primeros proyectos que realicé nada más comenzar a trabajar fue una voluminosa traducción sobre perforadoras de una instalación petrolífera. Ya han pasado algunos meses desde aquello, y es ahora cuando reflexiono acerca de algunas decisiones que tomé y que tuve que rectificar por exigencias del cliente y, por qué no, del mundo real. Estoy hablando de la conversión de unidades.

De siempre nos instruyen en la facultad para que tengamos en mente al receptor final de una traducción en todo momento. Por tanto, lo lógico es que si una medida se expresa en el sistema imperial de unidades (por ejemplo, pies o pulgadas), hagamos la conversión pertinente al sistema internacional de unidades (centímetros y milímetros respectivamente). Para ello, tenemos varias posibilidades.

La opción más rudimentaria sería averiguar la equivalencia de las unidades entre los diferentes sistemas y realizar la conversión con una calculadora. Evidentemente, esto conlleva mucho trabajo si en el texto abundan las unidades de medida y una alta probabilidad de error humano, por lo que conviene no seguir esta vía. La forma más efectiva, rápida y segura es utilizar software de conversión de medidas como Converber o una página web para el mismo fin como WWW unit converter, que es la que suelo utilizar yo.

Ahora que parece que todo está claro y disponemos de las herramientas adecuadas para traducir textos técnicos con abundantes medidas, nada parece indicar que tendremos problemas cuando nos enfrentemos a estas. Pues bien, lo que sucede en el mundo real es que los clientes no se fían de los traductores cuando realizan conversiones y que los operarios que utilizarán la máquina o dispositivo cuyo manual traducimos entenderán normalmente las medidas del sistema imperial. Sí, así de sencillo y contundente.

¿Desconfianza por parte de nuestro cliente? ¿Por qué? ¿Acaso no nos paga para traducir un manual altamente complejo? La razón es muy simple, y es que cualquier conversión que hagamos siempre correrá el riesgo de que sufra las consecuencias de un error humano, lo que puede provocar un efecto bastante nefasto. Parece una tontería, pero incluso la vida de una persona puede estar en serio peligro por un error de conversión.

Así pues, y aunque parezca triste, muchas veces ni siquiera tendremos que convertir unidades básicas como pies por centímetros por motivos de coherencia a lo largo de un manual, aunque al menos siempre será conveniente sustituir el punto decimal que es tan común en cifras de textos en inglés por una coma decimal como siempre se ha usado en español. Por tanto, si trabajamos con un texto muy largo donde abundan cifras, lo mejor es contactar con el cliente y preguntarle qué es lo que quiere exactamente exponiendo bien la situación, ya que de lo contrario puede creer que no tenemos mucha idea sobre lo que hacemos.

Así que ya sabéis, a menos que el texto sea corto o no demasiado especializado, en cuyo caso sí conviene realizar cuidadosamente una conversión, es mejor prevenir que curar. A mí ya me pasó que perdí mucho tiempo realizando conversiones que encima tuve que deshacer. Huelga decir que también debemos pensar quién es el receptor final de nuestra traducción y que, si trabajamos con Idiom Desktop Workbench, utilicemos la función Check Numbers para mayor seguridad una vez finalicemos nuestra traducción.

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Cuando lo que se traduce es un segmento y no un texto

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 03/11/2007

SegmentoA raíz la página de Anthony Pym, profesor de traducción de la Universidad Rovira i Virgili, he llegado a un reciente e interesante escrito suyo titulado “Professional corpora”: Teaching strategies for work with online documentation, translation memories, and content management. Si bien Pym se centra en la formación de los estudiantes de Traducción e Interpretación, señala varios aspectos de los que me he dado cuenta a lo largo de estos meses como traductor profesional.

En primer lugar, se destaca que los traductores no siempre disponen del texto original en su formato final. Afortunadamente no se suele dar esta práctica, pero no es la primera vez que nos envían un archivo de recursos de un programa para localizarlo sin poseer absolutamente ningún contexto que sirva de referencia. Por tanto, es de esperar que el traductor esté lo suficientemente familiarizado con software para que pueda identificar si está traduciendo menús, mensajes de la barra de estado o botones. Una vez finalizada la traducción, se espera que la traducción pase por una fase de pruebas para identificar los fallos motivados por la falta de contexto. Pero atención: pocas veces podremos ver el producto final con nuestra traducción para corregirla, algo que para mí es de vital importancia porque solo así se detectan todos los posibles fallos e incoherencias que no hayamos encontrado al no trabajar con un texto con su formato final.

En segundo lugar, poco a poco se está extendiendo el uso de programas de traducción asistida por ordenador (TAO) como SDLX e Idiom Desktop Workbench que, a diferencia de Trados o WordFast, no permiten trabajar sobre el formato original del documento. Esto conduce, a su vez, a traducir segmentos en vez de textos, lo que impide, quizás, ver el texto como un todo. Así pues, a cada frase le corresponde una oración equivalente y no se piensa en si habría una forma más lógica de estructurar la información. En este sentido, tengo que decir que más de una vez he reestructurado el texto traducido para conseguir una mejor recepción del mensaje con muy buenos resultados; por supuesto, eso era antes de utilizar los programas de TAO.

En tercer lugar, no siempre traducimos textos nuevos, sino que muchas veces nuestro trabajo se limita simplemente a traducir los cambios que se hayan introducido de una versión a otra de un producto. Así, por ejemplo, puede que solo traduzcamos las nuevas características de una revisión de software y poco más. Lo peor de todo es que muchas veces veremos que hay errores en segmentos ya traducidos y que no deberemos corregir porque a) así nos lo exige el cliente; y b) encima no nos pagan. Ahora bien, no estaría de más sugerir los cambios al cliente si no conlleva demasiado esfuerzo.

Por todo, y tal y como bien apunta Pym, sería recomendable que en alguna fase de la formación del traductor se le instruyera a traducir solo algunas partes de un texto sin más contexto que el que hay. Evidentemente, lo ideal sería utilizar un programa de TAO y una memoria de traducción con ciertos segmentos ya traducidos para que todo fuera más real; de hecho, bastaría usar un encargo real que haya realizado el profesor y quitar la traducción de algunos segmentos.

Desde luego, los problemas a los que se enfrenta un traductor técnico o localizador van en aumento con el paso de los días, lo que, todo hay que decirlo, le da vidilla a nuestro trabajo.

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El espacio invisible: ese gran desconocido

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 27/09/2007

S�mboloAhora que tengo ya casi tres meses de experiencia laboral, me pongo a reflexionar y me doy cuenta de cuántas cosas no me ha enseñado la Universidad: trabajar con memorias de traducción en un proyecto de traducción medianamente real, enfrentarme a textos realmente especializados, cambiar de un proyecto a otro sin tregua entre medias… No obstante, bien es cierto que la formación universitaria no puede cubrir todos los temas que uno querría tratar, y para ello está la experiencia profesional.

Una de las cosas en las que alguno de los profesores podía haber hecho hincapié durante la carrera es el uso del llamado «espacio indivisible», «espacio irrompible» o «espacio de no separación». Como estos nombres bien indican, se trata de un espacio que hace que la palabra que le sigue no aparezca en la siguiente línea. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es tanto cuando un texto técnico está preñado de unidades de medida (distancia, volumen, presión, etc.) en su forma abreviada, ya que es antiestético e incluso dificulta algo la lectura ver un 3 al final de la línea y una ‘m’ al principio de la siguiente.

La solución a este problema es usar un espacio indivisible mediante la combinación de teclas Alt + 0160 en cualquier programa o el método abreviado Ctrl + Shift + Espacio en Word, TagEditor o SDLX. Si queremos asegurarnos de que los espacios son realmente indivisibles, conviene mostrar los caracteres ocultos del texto mediante el botón ¶ (llamado ‘calderón’, por cierto).

Pero no todo se reduce a utilizar el espacio indivisible con las unidades de medida. Sin ir más lejos, para la anterior combinación de teclas he usado espacios indivisibles con el fin de que aparezca todo junto en la misma línea. Por tanto, conviene utilizar el espacio indivisible siempre que se escriban cifras, como en «había 30 camas» o «después de 50 años».

Por otro lado, aunque ya depende quizás de cada uno, también es recomendable poner un espacio indivisible en nombres o marcas de productos compuestos por más de una palabra, como por ejemplo Microsoft Word o Mozilla Firefox. De hecho, parece que clientes como Hewlett Packard empiezan a obligar a los traductores a usar dichos espacios indivisibles.

Asimismo, y esto es ya cuestión de maquetación, es preferible que un párrafo no acabe con una única palabra en la última línea, especialmente si se compone de tres caracteres solamente. Por ello mismo, es preferible utilizar un espacio indivisible para que nos quede un párrafo bien alineado.

Desde luego, usar espacios indivisibles cuando nunca se han utilizado lleva su tiempo, pero como todo, es algo que se consigue automatizar.

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Traducir programas informáticos: la localización

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 02/09/2007

LocalizaciónUna cosa para lo cual no se nos suele preparar en la facultad es traducir sin un contexto claro. Por otro lado, estamos acostumbrados a que nos digan que el encargo de traducción es lo más importante, aunque en el mundo real no siempre es muy exhaustivo en cuanto a las instrucciones necesarias para el traductor. La solución a este problema es relativamente sencilla: se pregunta al cliente y listo, lo cual no implica que se obtenga una respuesta inmediata ni que sea la que esperábamos. En cuanto a lo primero, la cosa no es tan sencilla.

El ejemplo más claro de traducir sin contexto se encuentra en la localización de productos informáticos. Es posible que nos proporcionen imágenes de la interfaz en el idioma de origen (normalmente inglés), pero esto no siempre ayuda, ni mucho menos, a conocer la verdadera función de un botón. Por suerte, si nos encargan la traducción de la ayuda del mismo software tendremos más posibilidades de saber qué es lo que hace el programa realmente.

Afortunadamente, los gestores de proyectos, al ser los máximos responsables de la calidad de una traducción, se preocupan de facilitar al traductor toda la información de referencia posible y analizan antes las posibles dificultades que plantea la traducción. Así, optarán por una solución global que será la que tendrá que seguir el traductor; sin embargo, ello no significa que el traductor se tenga que buscar la vida él solo en determinadas ocasiones.

LocalisationPor ello mismo, lo recomendable es que si se localiza un producto informático se suministre una versión de prueba, cuando menos, para que el traductor conozca el funcionamiento básico de la aplicación. De hecho, lo ideal es que el traductor utilice una herramienta de localización como Alchemy Catalyst o PASSOLO para traducir la propia interfaz directamente y comprobar cómo queda todo. El control de calidad, por supuesto, deberá probar el programa para que funcione correctamente y no haya teclas de acceso directo repetidas o que no funcionen.

Otro problema que acarrea la localización es que a veces tenemos impuesto un número máximo de caracteres para traducir un mensaje o lista de elementos. Esto es muy habitual en la localización de videojuegos, donde los nombres de objetos o hechizos no pueden sobrepasar cierto número de caracteres simplemente porque no caben en el menú. De este modo, si no se quiere abusar de las abreviaturas, hay que tener creatividad (sin excederse demasiado) para que los hechizos suenen bien y se reconozca fácilmente su cometido.

Algo que siempre debemos tener en cuenta para localizar un software o manual de ayuda de un programa es que todos los elementos de la interfaz siempre deben llamarse igual. Lógicamente, no tendría mucho sentido traducir en la ayuda de un programa «Admin Settings» por «Ajustes de administración» cuando en la aplicación aparece «Configuración del administrador». Si no poseemos la aplicación o un glosario y sabemos que la interfaz está ya traducida o viceversa, deberemos comunicárselo al cliente o al gestor de proyectos, aunque también es posible que la interfaz no esté traducida y nos pidan hacer un glosario de las opciones de software para que luego sigan nuestra traducción.

Por supuesto, es probable que encontremos otros problemas durante la localización de un producto, pero éstas son las principales trabas que se nos presentarán. Si queréis leer más información al respecto, recomiendo consultar los artículos escritos por Juanjo Arevalillo en un número especial de La linterna del traductor.

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Gravedad de los errores de traducción, revisión e incompetencia del traductor

Publicado por Pablo Muñoz Sánchez en 15/08/2007

ErrorVía N.de T. me entero de que un error de traducción ha sido el causante de que hasta 47 pacientes hayan tenido problemas para rehabilitar sus rodillas y de que muchos de ellos hayan necesitado una nueva operación. Así pues, estamos ante un caso de negligencia no del médico como suele ser habitual, sino del traductor.

Según propias declaraciones del director del hospital Sankt Hedwig (Berlín, Alemania), «fue un error imperdonable». Y en cierto modo lo es, porque las instrucciones que traducimos y que con frecuencia pensamos que nadie lee han causado un grave problema para la salud al traducir «Non modular cemented» por «prótesis que no necesita cemento» (traducción literal del la expresión en alemán zementfrei).

No hace mucho comentaba cómo un error de traducción de un videojuego se convirtió en una leyenda urbana gracias a los rumores y la inocentada de una revista. Al fin y al cabo, es algo que tuvo hasta cierta gracia. Pero no es el caso que nos atañe en este momento. Ahora bien, ¿se puede o, mejor aún, se debe hablar de incompetencia del traductor?

Cualquier egresado de la Universidad empieza en el mundo de la traducción sin apenas experiencia profesional (por no decir ninguna). Las primeras traducciones son todo un reto y seguramente tienen muchos fallos, pero para ello se revisan los textos traducidos en la propia empresa de traducción y se revisan posteriormente por un revisor cualificado externo (al menos en teoría). Dependiendo del proceso de calidad, en el futuro es posible que conforme se adquiere experiencia sólo el revisor externo sea quien corrija nuestra traducción. Porque lo que está claro es que, aunque seamos expertos en la materia, cuatro ojos ven más que dos.

RodillaMuchas veces, los textos que traducimos son de alto carácter especializado y aunque logramos entender el texto original gracias a la documentación disponible (diccionarios especializados, Internet, etc.), es importante destacar que, como poco duchos en el tema en cuestión, resultará difícil emplear siempre la terminología adecuada que usan los expertos y probablemente habrá algún que otro error grave en nuestra traducción. Por tanto, lo ideal, bajo mi punto de vista, sería que el revisor fuese alguien especialista en el tema aunque desconozca la lengua de partida. Al fin y al cabo, los expertos lingüistas somos nosotros y los fallos gramaticales que hayamos pasado por alto también se van a detectar con la lectura de otra persona.

Por supuesto, es lógico que sea difícil contactar con algún maestro del tema abordado en la traducción, y ahí está el problema. Aunque, realmente, ¿un experto se habría percatado del error en cuestión? Difícilmente, y a las pruebas me remito, ya que los que han seguido las instrucciones eran profesionales de la medicina. De este modo, queda claro que siempre que sea posible se debe hacer una revisión cotejando el original.

Independientemente de los años de experiencia, realmente no pienso que se pueda tachar a los traductores que cometen estos errores de incompetentes en el sentido de que cualquiera puede tener errores. Lo cual da mucho que pensar, porque en este caso, ¿quién es el culpable realmente? ¿El traductor? ¿El revisor? ¿La empresa? ¿El médico por no saber inglés (este último lo descarto)? De ser el traductor culpable, ¿puede ir a la cárcel por este fallo?

Yo mismo soy consciente de que alguna vez he cometido un fallo garrafal, pero por suerte el revisor, que coteja el original, se ha percatado porque leyendo en conjunto todo el texto, la frase escapa de la razón. Desde este modo, volvemos a las mismas de siempre: con un plazo de entrega más largo y unas tarifas mejores, seguramente estas cosas no pasarían al otorgarle al traductor más tiempo para documentarse adecuadamente y revisar detenidamente su traducción (fase que creo que es clave dentro del proceso traductor) mirando el original antes de proceder a la revisión del corrector. Pero, por desgracia, vivimos en el mundo real.

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