De la traducción y los traductores se ha hablado mucho por parte de, entre otros, críticos literarios, teóricos de la traducción y profesionales del gremio. Estos últimos, normalmente, suelen contar que es un trabajo muy bonito a la par que poco reconocido y que se sienten apasionados y fascinados por las diferentes lenguas y culturas que existen en nuestro mundo. En definitiva, hablan del placer de traducir.
Me sumo a todos aquellos que quedan maravillados por los entresijos del lenguaje y se regocijan por ser capaces de transmitir a su cultura emociones que de otra manera quedarían enterradas en el mundo de lo desconocido y extranjero. También se me levanta una sonrisa cada día cuando me despierto sabiendo que gracias a mi trabajo y a mi curiosidad insaciable me iré a la cama con algo más de conocimientos sobre algún tema por muy variopinto que sea.
Sin embargo, el placer de traducir es algo más que eso. Es algo que puede llegar a ser colosal, indescriptible. Puede ser incluso hasta aquello tan ansiado llamado felicidad.
El verdadero placer de traducir cobra sentido cuando ves que has hecho algo que puedes palpar. Algo que puedes sentir. Algo que los demás pueden reconocer y admirar.
El verdadero placer de traducir se manifiesta cuando vas a una tienda de videojuegos y ves en un escaparate la obra que tú mismo has traducido junto con un gran equipo que ha trabajado duro para que todo saliera bien y que te ha apoyado en todo momento.
El verdadero placer de traducir se respira cuando compras ese juego sonriente, consciente de que el vendedor no sabe lo importante que has sido tú para poder venderte ese videojuego ni que el dinero con el que pagas te lo has ganado trabajando en ese juego.
El verdadero placer de traducir se siente cuando llegas a tu casa con tu flamante juego, lo abres y empiezas a hojear ese manual que tantas veces has revisado y nunca viste más allá de la pantalla del ordenador y unas burdas copias en blanco y negro en papel.
El verdadero placer de traducir se rememora cuando enciendes la consola y empiezas a ver textos en español y eres transportado a los meses en que disfrutabas como un niño antes que nadie de un juego que nadie jamás imaginaría en España tan pronto.
El verdadero placer de traducir se refuerza cuando juegas y ves que, a pesar de tus esfuerzos para que todo esté totalmente perfecto, se ha escapado una pequeña errata en el texto; sin embargo, esto no hace más que recordarte que nadie es perfecto y que siempre es posible mejorar.
El verdadero placer de traducir te llega al alma cuando la música final que indica que el videojuego ha llegado a su conclusión se ve acompasada por tu nombre completo en los créditos de todo el equipo que participó en la traducción del videojuego.

El verdadero placer de traducir sigue más allá de la traducción cuando ves que la comunidad de aficionados del juego que has traducido elabora los contenidos de una página web y que los nombres que aparecen son los nombres que escribiste tú antes que nadie.
El verdadero placer de traducir… es saber que tú eres el traductor del Fire Emblem: Shadow Dragon de Nintendo DS.
¡Feliz Navidad y próspero año nuevo!


